Por: Jorge Cárdenas Reyes.
Hay preguntas que parecen insignificantes hasta que un pueblo entero las hace suyas.
La de estos días tiene apenas tres palabras.
¿Y si, sí?
Hace apenas unas semanas nos habrían parecido ingenuas. Después de tantos mundiales, tantas eliminaciones y tantos desencantos, el mexicano aprendió a protegerse del entusiasmo. Nos especializamos en reírnos antes de que se rieran de nosotros.
Recuerdo que hace años alguien resumió nuestra relación con el futbol en una frase que terminó por convertirse en patrimonio nacional: “Jugamos como nunca, perdimos como siempre”. Era cruel, pero era cierta. Después vino otra ocurrencia igual de filosa: dejar de llamarle Selección Nacional para bautizarla, con el humor que caracteriza al mexicano, como la “Decepción Nacional”.
Y nos resignamos.
Porque la resignación, cuando se vuelve costumbre, deja de doler.
Sin embargo, el futbol tiene una virtud que pocos fenómenos sociales poseen: siempre concede una revancha. Por eso me gusta aquella sentencia de Arrigo Sacchi cuando decía que el futbol es lo más importante de lo menos importante.
Y vaya que tenía razón.
No resolverá la pobreza. No acabará con la corrupción. No desaparecerá la violencia. No compondrá los problemas familiares ni hará bajar el precio de la tortilla.
Pero...
¡Cómo nos hace falta ilusionarnos de vez en cuando!
No recuerdo hace cuánto tiempo veía a personas tan distintas abrazarse por la misma causa. El vecino que nunca saluda, el comerciante, el estudiante, el campesino, el profesionista, el taxista... todos pendientes de un balón que rueda a miles de kilómetros y que, sin pedir permiso, entra hasta la sala de nuestras casas.
Quizá por eso el futbol sigue siendo un idioma que todos hablamos.
Y mientras México viste de verde, blanco y rojo las tribunas, la naturaleza hace exactamente lo mismo.
Hay un calendario que no aparece en los teléfonos celulares ni en las aplicaciones digitales. Es el calendario del campo.
Ese nunca falla.
Entre San Juan y Santiago Apóstol madura la nuez de Castilla. La granada comienza a sonrojarse bajo el sol de julio. El perejil ofrece el verde que completa la obra y la nogada aparece como una caricia blanca sobre el chile poblano.
No deja de sorprenderme que los colores de nuestra bandera encuentren dos maneras tan distintas de hacerse presentes: una en la camiseta de la Selección y otra en el plato más patriótico de nuestra cocina.
Qué hermosa coincidencia.
Mientras unos defienden el verde, blanco y rojo sobre la cancha, otros lo preparan cuidadosamente en las cocinas de la región de los Volcanes.
Porque aquí los chiles en nogada no son moda.
Son herencia.
Son paciencia.
Son familias completas pelando nueces durante horas.
Son recetas escritas únicamente en la memoria de las abuelas.
Son identidad.
Y ya que la lluvia decidió ser generosa, también llegan los hongos silvestres, ese capricho gastronómico que aparece sin pedir permiso y desaparece antes de que alcancemos a acostumbrarnos a su sabor. La naturaleza, como las grandes artistas, sabe retirarse antes de cansar al público.
Permítanme ahora un espacio personal.
Hoy celebro un año más de vida de mi hermana, Esther Cárdenas Reyes. Dicen que los años solamente dejan huellas en quienes olvidan sonreír, y ella ha hecho exactamente lo contrario. Que la vida siga premiándola con salud, con serenidad y con la alegría de ver reunida a su familia. Un abrazo lleno de cariño y un muy feliz cumpleaños.
Y también deseo felicitar a mi mujer Azucena Cobos. Alcanzó la excelencia en la presentación de su problema eje final, pero la nota sobresaliente es apenas la consecuencia de algo más importante: la curiosidad. Escogió investigar el tradicional trueque de Ozumba de Alzate, una práctica que no pertenecía a su entorno y de la que sabía muy poco. Tuvo que comenzar desde cero, preguntar, escuchar, leer, recorrer caminos y entender una tradición ajena para convertirla en conocimiento propio. Eso merece reconocimiento. Porque el verdadero aprendizaje comienza precisamente cuando dejamos de caminar por terrenos conocidos.
Al final descubro que todo termina pareciéndose.
Un equipo que vuelve a hacernos creer.
Una tierra que vuelve a regalarnos sus frutos.
Una cocina que vuelve a pintar de verde, blanco y rojo nuestras mesas.
Una familia que celebra la vida.
Una estudiante que demuestra que la excelencia siempre tiene detrás muchas horas de trabajo silencioso.
Quizá la Selección levante la copa.
Quizá el próximo partido nos devuelva a la realidad.
El futbol suele ser así.
Pero hay derrotas que enseñan y esperanzas que valen por una victoria.
Porque un pueblo que recupera la capacidad de ilusionarse ya ganó algo muy importante.
Y mientras exista un niño pateando un balón en la calle, una cocinera moliendo nogada en el metate, una familia reunida alrededor de la mesa y alguien dispuesto a aprender algo nuevo, este país seguirá encontrando razones para creer.
Por eso, cuando escuche nuevamente esa pregunta que hoy se repite por todos lados, no la responderé con el viejo pesimismo.
Esta vez prefiero contestar como responden quienes todavía conservan intacta la esperanza.
¿Y si, sí?

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