R
Periodismo Independiente
Por: Redacción
Orientedoméx
En 1997 uno tenía la edad suficiente para sentirse indomable y la edad suficiente para no entender que, en realidad, todavía no sabía casi nada de la vida.
La preparatoria era eso: una mezcla de sueños enormes, planes improvisados y futuros que parecían estar tan lejos que daba la impresión de que nunca nos iban a alcanzar.
Éramos un grupo compacto. De esos grupos que terminan convirtiéndose en una pequeña familia sin darse cuenta. Nos cuidábamos entre nosotros y, como suele suceder en esas edades, también nos habíamos puesto etiquetas.
Los serios, los aplicados, los que parecían vivir con miedo a equivocarse eran los “espantados”. Las que se sentían más liberales, más aventadas, más “en onda”, eran las “vaqueritas”. Y así, entre apodos, bromas y peculiaridades, cada quien encontró su lugar dentro de aquella pequeña tribu.
También hubo viajes que hoy parecen recuerdos de otra vida. Papantla, el Tajín, la planta nuclear de Laguna Verde… lugares que entonces significaban aventura y que hoy, cuando uno los recuerda, parecen fotografías que alguien guardó durante casi treinta años en una caja.
Y estaba la rondalla.
Los 10 de mayo eran cosa seria. Nos amanecíamos llevando mañanitas a las madres de algunos compañeros. Íbamos con nuestras guitarras, nuestras voces —unas mejores que otras— y ese entusiasmo que solamente se tiene cuando uno cree que la juventud va a durar para siempre.
No sabíamos que estábamos fabricando recuerdos.
Después vino la vida.
Cada quien tomó su camino. Unos se fueron lejos, otros se quedaron cerca. Algunos volvimos a encontrarnos de vez en cuando. De otros apenas queda una fotografía, un apellido, una anécdota o ese esfuerzo de la memoria por reconstruir un rostro que alguna vez tuvimos enfrente todos los días.
Y entonces comenzaron las ausencias.
Araceli fue la primera.
Desde aquellos años cargaba con un padecimiento renal. La enfermedad terminó llevándosela demasiado pronto, cuando todavía parecía imposible que alguien de nuestra generación pudiera morir.
Después me enteré, demasiado tarde, de la partida de Choche, así le decíamos con cariño. Regordete, cachetón, lleno de energía, de esos compañeros que difícilmente pasaban desapercibidos. Un accidente pirotécnico terminó con su vida.
Después se fue mi hermano Julio, nuestro querido “Bofe”. Una enfermedad bacteriana le ganó la batalla.
Y recientemente se fue Pipo, víctima de un accidente vehicular.
Cuatro nombres.
Cuatro historias.
Cuatro sillas vacías en aquella fotografía que alguna vez parecía tener espacio para todos.
Cuando Fabricio se enteró de lo ocurrido me dijo una frase que se me quedó dando vueltas en la cabeza:
“No es mala onda, carnal, pero hay que vernos más seguido” Y sí.
Hay que vernos más seguido.
Porque uno se acostumbra a pensar que siempre habrá tiempo. Que después nos hablamos. Que luego organizamos la reunión. Que algún día volveremos a juntarnos como antes.
Pero el tiempo no firma contratos.
Cuando volteamos hacia atrás, descubrimos algo que quizá ninguno de nosotros quiso aceptar: ya somos los grandes.
Los que alguna vez veíamos a nuestros padres como adultos que lo sabían todo, ahora somos nosotros quienes tenemos hijos, responsabilidades, preocupaciones y canas que antes nos parecían exclusivas de otra generación.
Antes éramos los suplentes en este partido de la vida.
Hoy somos los titulares. Y algunos compañeros ya salieron de la cancha.
Recuerdo que durante mucho tiempo tuve una frase medio absurda: “Quiero morir joven para ser un cadáver guapo.” Era una manera de jugar con la muerte, de sentir que aquello estaba tan lejos que podía hacerse chiste con ella.
Hoy ya no.
Hoy solamente quiero morir cuando la vida y el destino decidan que llegó el momento.
Y, si soy honesto, espero estar preparado.
Mis hijos me hacen querer quedarme. Y ese pequeño que viene en camino me recuerda que todavía hay historias que quiero vivir, abrazos que quiero dar y mañanas que todavía no conozco.
Pero nadie tiene la vida comprada.
Eso lo entendemos de una manera distinta cuando comienzan a irse los que alguna vez estuvieron sentados junto a nosotros en un salón de clases.
Quizá por eso hay que dejar de posponer las llamadas.
Hay que aceptar la invitación a un café.
Hay que organizar aquella reunión que llevamos años diciendo que vamos a hacer.
Hay que volver a cantar, aunque ya no tengamos la voz de 1997.
Hay que sentarnos juntos y reírnos de los “espantados”, de las “vaqueritas”, de Choche, del Bofe, de Pipo, de Araceli y de todos aquellos que fuimos.
Porque quizá eso sea también una forma de mantenerlos aquí.
No quiero que nuestra generación se convierta únicamente en una lista de nombres acompañados por fechas.
Quiero volver a verlos.
Quiero volver a escuchar sus historias.
Quiero que nos demos cuenta, antes de que sea demasiado tarde, de que aquel grupo que creíamos indestructible ya no es el mismo.
Pero todavía estamos aquí.
Todavía podemos encontrarnos.
Todavía podemos abrazarnos.
Todavía podemos decirnos: “Qué bueno verte, cabrón.”
Y quizá, por un instante, volver a sentirnos aquellos muchachos de 1997 que pensaban que el futuro estaba lejísimos.
Hoy sabemos que no.
El futuro llegó.
Y nosotros llegamos con él.
Solo que ahora caminamos cargando recuerdos, ausencias y nombres que nos duelen.
Así que, carnal, si alguna vez fuimos un grupo que se cuidaba entre sí, quizá sea momento de volver a hacerlo.
Porque ya no somos los muchachos que miraban el partido desde la banca, somos los titulares.
Y el reloj sigue corriendo.
Frío viento de octubre, me abrazas hasta el alma.

SÍGUENOS EN REDES SOCIALES