Por: Jorge Cárdenas Reyes
Recién acaba de pasar el Día del Padre y, siendo honestos, no deja esa misma resaca emocional que se siente cuando termina el Día de la Madre. Los restaurantes no lucieron atiborrados, no se escucharon serenatas ni cohetes durante la madrugada como suele ocurrir en mayo, y las redes sociales tampoco se vieron inundadas de fotografías, mensajes y homenajes hacia los padres con la misma intensidad con la que se celebra a las madres.
Por el contrario, los memes estuvieron a la orden del día. Que si los padres son ausentes, que si delegan toda la responsabilidad a las madres, que si no saben cambiar un pañal o expresar sentimientos. Chistes que, aunque en algunos casos reflejan realidades dolorosas, terminan generalizando una figura que también merece reconocimiento.
Yo recuerdo que una de las amenazas más recurrentes de mi madre era el clásico: “Ahorita que venga tu padre te voy a acusar con él”. La frase nunca era precisamente por buen comportamiento. Sin embargo, cuando llegaba el momento, mi padre escuchaba la queja, sonreía discretamente y simulaba un enojo que parecía más una cortesía hacia mi madre que un verdadero regaño hacia nosotros.
Mi padre invirtió toda su vida en el trabajo. No lo veía mucho. Salía de casa cuando todavía era de madrugada y regresaba cuando la noche ya se había apoderado de las calles. Trabajaba como mecánico de rotativas en el periódico Novedades, instalaciones que hoy albergan a Grupo Milenio y Multimedios Canal 6, donde curiosamente años después trabajaría quien sería la madre de mi hijo.
Durante mucho tiempo no supe si mi padre comía a sus horas, si tenía una vida social o si realizaba actividades que realmente disfrutara. Nunca lo vi vestido de futbolista, salvo en algunas fotografías en blanco y negro que todavía cuelgan en una pared de la casa familiar y que dan testimonio de que alguna vez también fue joven, que también tuvo sueños, amigos, aficiones y tardes de diversión.
Los domingos, que para muchos representan descanso, para él significaban otra jornada laboral. Se transformaba en albañil y, ladrillo por ladrillo, levantaba la casa que nos dio refugio durante décadas. Con paciencia y sacrificio fue cambiando la imagen rústica de nuestro hogar y también nuestro estilo de vida. Cuando no estaba mezclando cemento, estaba en el monte cortando leña para que durante la semana no faltara combustible para cocinar o calentarnos.
Y mientras pienso en él, pienso también en tantos otros padres. En los policías que pasan horas eternas de pie cuidando a desconocidos mientras extrañan a sus familias. En los choferes que recorren cientos de kilómetros sentados frente a un volante. En los albañiles, campesinos, obreros, comerciantes, mecánicos, médicos, maestros y trabajadores de todos los oficios que salen cada mañana a enfrentar jornadas agotadoras.
No es que no nos interesen las celebraciones. No es que no valoremos el cariño. Lo que sucede es que muchas veces nuestro mayor deseo es algo mucho más sencillo: llegar a casa, encontrar paz, disfrutar de nuestros hijos, escuchar sus historias y olvidar por unas horas que mañana volveremos a la batalla del tráfico, del calor, de la lluvia, del cansancio, del hambre, de las preocupaciones y de todas esas adversidades que enfrentamos para llevar un pan a la mesa.
Los tiempos han cambiado. Hoy es común que ambos padres trabajen y aporten económicamente al hogar. Y es completamente comprensible. Las necesidades familiares son cada vez mayores. También es justo reconocer que existe un enorme trabajo dentro de casa que históricamente ha recaído en las mujeres y que muchas veces no recibe remuneración ni reconocimiento suficiente. Desde esta columna, ese esfuerzo también merece un aplauso.
Sin embargo, todavía existen hombres que procuran partirse en muchos pedazos para que sus parejas no tengan que enfrentar el desgaste de un empleo adicional. Padres que silenciosamente sacrifican gustos, tiempo libre y hasta sueños personales para procurar mejores oportunidades para sus hijos. No buscan medallas ni homenajes. Muchas veces ni siquiera esperan un agradecimiento. Les basta con ver a sus hijos crecer sanos, estudiar, sonreír y tener oportunidades que ellos quizá nunca tuvieron.
Por eso, más allá de los memes y de las estadísticas, vale la pena recordar que detrás de muchos hogares existe un hombre que, a su manera, ha hecho todo lo posible por sostener a su familia. Algunos lo hicieron bien, otros se equivocaron. Algunos estuvieron presentes todos los días y otros solo pudieron hacerlo a través del esfuerzo que implicaba trabajar lejos de casa. Pero millones de ellos compartieron algo en común: entregaron su vida intentando construir un futuro mejor para quienes amaban.
Hoy quiero enviar un saludo afectuoso a todos mis amigos que tienen la dicha de ser padres. A quienes están comenzando esta maravillosa aventura y a quienes ya acumulan años de experiencia, canas y enseñanzas. Un saludo especial también para mi cuñado El Xalo y para mi cuñado Mishel Edgar, dos hombres que tienen la fortuna y la responsabilidad de vivir la experiencia de la paternidad. Mi reconocimiento por el esfuerzo, la dedicación y el amor que entregan día a día a sus familias.
Mi reconocimiento también para aquellos padres que ya partieron a la eternidad y cuyo recuerdo sigue vivo en cada consejo, en cada enseñanza y en cada historia que sus familias siguen contando.
Un abrazo especial para mi hermano Goyo y para mi hermano Carlos, hasta el cielo. Su ausencia duele, pero su amor permanece intacto en la memoria de quienes los seguimos queriendo.
Y, por supuesto, a mi padre, el señor Francisco Cárdenas Pérez, mi reconocimiento, admiración y amor eterno. Gracias por las madrugadas, por los sacrificios silenciosos, por los ladrillos colocados uno a uno, por las lecciones que nunca vinieron en forma de discursos, sino de ejemplo.
La vida me ha regalado el privilegio de seguir teniéndolo cerca. De escuchar su sabiduría, de compartir una conversación más, de estrechar su mano y agradecerle en vida todo lo que hizo por nosotros. Porque llega un momento en el que uno comprende que los héroes no siempre usan capa. A veces llegan cansados del trabajo, con las manos llenas de grasa, de tierra o de callos; se sientan en silencio a la mesa y, sin darse cuenta, construyen el legado más valioso que un hijo puede recibir: el ejemplo de una vida entregada por amor.
Y quizá por eso el Día del Padre pase más desapercibido, con menos flores, menos serenatas y menos publicaciones en redes sociales. Pero en miles de hogares existe una gratitud silenciosa que no necesita reflectores. Una gratitud que vive en el corazón de quienes aprendimos que el amor de un padre muchas veces no se dice; se demuestra todos los días, durante toda una vida.

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