Hay meses que pasan sin hacer demasiado ruido. Enero llega con propósitos que casi nunca cumplimos, febrero con sus corazones, abril con sus vacaciones, diciembre con las prisas, las cenas familiares y esa sensación de que el año se nos volvió a escapar.
Pero septiembre es distinto.
Septiembre llega haciendo ruido.
Se viste de colores.
Las calles comienzan a llenarse de
verde, blanco y rojo. Aparecen las banderas en las ventanas, en los negocios,
en los automóviles, en los balcones. Hay papel picado,
luces tricolores, sombreros, bigotes pintados, música mexicana, pozole, chiles
en nogada y ese inevitable sentimiento que nos hace decir, aunque sea por unos
días: ¡Viva México!
Y es curioso, porque septiembre consigue algo que otros
meses no.
Nos hace sentir orgullosos de ser mexicanos.
Nos recuerda la patria, la libertad, la historia de quienes
lucharon antes que nosotros y esa extraña sensación de pertenencia que aparece
cuando vemos una bandera ondeando.
Pero debajo de toda esa fiesta hay otra historia.
Una historia mucho más incómoda.
Porque septiembre también parece haberse convertido, al
menos para nuestra memoria colectiva, en un mes que nos recuerda lo pequeños,
frágiles y vulnerables que somos.
Y entonces uno se pregunta:
¿Qué tiene septiembre?
¿Será coincidencia?
¿Será nuestra memoria jugando con las fechas?
¿O de plano a la tierra le da comezón y de vez en cuando
decide rascarse con nosotros encima?
La ciencia dice que no.
Los sismos no tienen calendario. No existe evidencia de que
septiembre sea un mes sísmico ni de que la tierra tenga alguna preferencia
particular por este mes.
Pero explíquenle eso a quien vivió 1985.
Porque hay cosas que la ciencia puede explicar y otras que
solamente la memoria puede contar.
El 19 de septiembre de 1985, un terremoto de magnitud 8.1
sacudió México y dejó una herida que todavía forma parte de nuestra historia.
La Ciudad de México quedó marcada para siempre.
Edificios derrumbados.
Calles llenas de polvo.
Familias buscando desesperadamente a sus seres queridos.
Personas comunes convirtiéndose en rescatistas.
Una sociedad entera descubriendo que, frente a la fuerza de
la naturaleza, todos podemos ser extraordinariamente vulnerables.
Y cuando todavía no terminábamos de aprender aquella
lección, llegó otro septiembre.
El 7 de septiembre de 2017, a las 23:49 horas, un terremoto
de magnitud 8.2 sacudió el sur del país. Su epicentro estuvo en el Golfo de
Tehuantepec y Oaxaca recibió una de las partes más dolorosas de aquella
tragedia.
Noventa y nueve personas murieron.
Noventa y nueve historias que dejaron de continuar.
Y apenas doce días después, el 19 de septiembre, como si la
memoria hubiera decidido jugar una mala pasada, otro sismo volvió a sacudirnos.
Esta vez fue de magnitud 7.1, con epicentro entre Puebla y
Morelos.
Era martes.
Las manecillas marcaban las 13:14 horas.
Una hora en la que muchos estaban trabajando, comiendo,
estudiando, manejando o simplemente haciendo su vida.
Y otra vez, la tierra nos recordó que no pide permiso.
Desde entonces, septiembre dejó de ser solamente
septiembre.
Para muchos mexicanos es el mes en el que uno mira hacia
arriba, escucha un ruido extraño y, aunque sea por unos segundos, piensa:
“¿Será un temblor?”
Y ahí está otra vez nuestra famosa superstición.
“En septiembre tiembla”.
No necesariamente.
Pero la memoria tiene sus propias placas tectónicas.
Y esas sí se mueven.
También está el otro septiembre.
El de aquel martes 11 de septiembre de 2001.
Las imágenes parecen pertenecer a otra época y, sin
embargo, todavía producen escalofríos.
Las Torres Gemelas.
El humo.
La gente mirando hacia arriba sin entender.
Las transmisiones de televisión interrumpidas.
La incredulidad.
El mundo observando cómo una mañana aparentemente normal se
transformaba en una tragedia que cambiaría para siempre la historia
contemporánea.
Después vendrían las guerras, las invasiones, el
terrorismo, el miedo y miles de familias marcadas por la pérdida.
Los atentados del 11 de septiembre desencadenaron la
intervención militar estadounidense en Afganistán y contribuyeron al nuevo
ciclo de conflictos que posteriormente alcanzaría Irak y otras partes de Medio
Oriente.
Y la región sigue pagando costos humanos enormes.
Miles de muertos.
Familias destruidas.
Generaciones marcadas.
Ciudades convertidas en escombros.
Conflictos que cambian de nombre, de protagonistas y de
escenario, pero que parecen negarse a desaparecer.
Aquel martes nos enseñó otra forma de vulnerabilidad.
No la de una casa que se mueve.
Sino la de un mundo entero que puede cambiar en cuestión de
horas.
Y como si septiembre necesitara todavía más memoria, en
México queda también marcado por tragedias recientes.
El 10 de septiembre de 2025, una pipa de gas LP volcó y
explotó en el Puente de La Concordia, en Iztapalapa.
Una tarde cualquiera se convirtió en cuestión de segundos
en una escena de fuego, humo, vehículos afectados, personas corriendo y una
ciudad tratando de entender qué acababa de ocurrir.
Hubo decenas de personas lesionadas y víctimas mortales.
Pero hay algo que solemos olvidar cuando hablamos de una
tragedia.
Las cifras terminan en los noticieros.
Las familias no.
Porque detrás de cada número hay un nombre.
Una madre.
Un padre.
Un hijo.
Un hermano.
Alguien que tenía planes para esa tarde y que simplemente
no volvió a casa.
Por eso hay tragedias que no terminan cuando se apagan las
llamas.
Pero septiembre también tiene otra cara.
Una que no hace ruido.
Una que no derrumba edificios.
Una que sucede puertas adentro.
El 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la
Prevención del Suicidio.
Y aquí aparece una ironía difícil de ignorar.
Septiembre es un mes lleno de colores, pero también puede
ser un mes emocionalmente complicado para muchas personas.
Mientras las calles se llenan de banderas, alguien puede
estar atravesando una batalla que nadie ve.
Mientras afuera suenan las campanas, la música y los
cohetes, alguien puede estar pasando una de las noches más difíciles de su
vida.
Mientras hablamos de libertad, hay personas que sienten que
han perdido la suya.
Por eso hablar de prevención del suicidio no debería ser
solamente una conmemoración de calendario.
Debería ser una conversación.
Un “¿cómo estás?” que no se haga por compromiso.
Una llamada.
Un mensaje.
Un café.
Un abrazo.
Una persona que decide quedarse cinco minutos más para
escuchar a otra.
Y aquí también debemos tener cuidado con los mitos.
No podemos decir que septiembre sea, en México, el mes con
mayor número de suicidios solamente porque coincide con esta conmemoración o
porque los cielos comienzan a verse más bajos y grises.
La realidad es mucho más compleja.
Pero quizá esos cielos nublados, esas tardes que oscurecen
temprano y ese ambiente de cambio de estación hacen que algunas personas
perciban septiembre de una manera más melancólica.
Y eso también merece ser escuchado.
Porque no todo dolor hace ruido.
Hay dolores que aprenden a sonreír.
Entonces llega la pregunta inevitable:
¿Por qué septiembre nos parece tan trágico?
Tal vez porque México tiene una memoria muy larga.
Porque aquí las fechas se heredan.
El 19 de septiembre no es solamente un día del calendario
para millones de personas.
El 11 de septiembre tampoco.
El 10 de septiembre nos recuerda que detrás de muchas
sonrisas existen batallas silenciosas.
Y el recuerdo del 10 de septiembre de 2025 nos dejó además
una imagen reciente de lo rápido que una tarde normal puede convertirse en
tragedia.
Pero quizá el verdadero problema es que hemos empezado a creer
que septiembre tiene la culpa.
Que es un mes maldito.
Que la tierra “se rasca”.
Que algo tiene el aire.
Que cuando llega septiembre hay que prepararse para lo
peor.
Y no.
La tierra no nos tiene coraje.
El calendario no provoca terremotos.
Las nubes no provocan tristeza.
Y una fecha no condena a nadie.
Lo que sí hace septiembre es obligarnos a recordar.
Y recordar puede ser incómodo, pero también puede
salvarnos.
Porque si 1985 nos enseñó algo, fue a prepararnos.
Si 2017 nos enseñó algo, fue a no confiar demasiado en la
tranquilidad.
Si el 11 de septiembre de 2001 nos enseñó algo, fue que el
mundo puede cambiar en cuestión de horas.
Si la tragedia del Puente de La Concordia nos enseñó algo,
fue que la prevención no es un discurso: puede ser la diferencia entre volver a
casa o no hacerlo.
Y si el Día Mundial para la Prevención del Suicidio nos
enseña algo, es quizá lo más sencillo de todo:
que preguntar puede importar.
Que escuchar puede importar.
Que acompañar puede importar.
Que pedir ayuda no es una debilidad.
Y, sin embargo, aquí estamos.
Cada septiembre volvemos a poner banderas.
Volvemos a cantar.
Volvemos a celebrar.
Volvemos a comer juntos.
Volvemos a hablar de independencia y libertad.
Y quizá eso también sea una forma de resistencia.
Porque celebrar no significa olvidar.
Al contrario.
Podemos recordar a quienes murieron y, al mismo tiempo,
celebrar a quienes seguimos aquí.
Podemos guardar silencio por una tragedia y minutos después
gritar con orgullo “¡Viva México!”.
Podemos tener miedo de los temblores y aun así salir a
colocar nuestra bandera.
Podemos saber que somos vulnerables y, precisamente por
eso, valorar mucho más la vida.
Tal vez eso es lo maravilloso y contradictorio de
septiembre.
Es un mes que nos recuerda la muerte, pero también nos
llena de vida.
Nos recuerda los edificios que cayeron, pero también las
manos que levantaron escombros.
Nos recuerda las guerras, pero también la esperanza de
quienes siguen buscando la paz.
Nos recuerda a quienes ya no están, pero también nos obliga
a mirar a quienes todavía tenemos enfrente.
Y quizá por eso septiembre se siente tan pesado.
Porque es el mes de las fiestas, pero también el mes de los
recuerdos.
Es el mes de las banderas ondeando, pero también de las
alarmas sísmicas.
Es el mes de los gritos de “¡Viva México!”, pero también de
guardar silencio por quienes ya no están.
Es el mes en que celebramos que somos mexicanos y, al mismo
tiempo, recordamos que seguimos siendo humanos.
Frágiles.
Imperfectos.
Temerosos.
Pero también capaces de levantarnos.
De reconstruir.
De ayudarnos.
De volver a empezar.
Así que quizá este septiembre no deberíamos vivirlo con
miedo.
Deberíamos vivirlo despiertos.
Con una mochila de emergencia preparada.
Con un plan familiar.
Conociendo las rutas de evacuación.
Revisando nuestras instalaciones de gas.
Participando en simulacros.
Pero también preguntándole a ese amigo que lleva días
callado cómo se encuentra.
Visitando a nuestros padres.
Abrazando a nuestros hijos.
Llamando a quien hace tiempo no vemos.
Porque nadie sabe cuándo llegará el siguiente movimiento de
la tierra, el siguiente accidente o la siguiente noticia que nos cambie la
vida.
Lo único que sí podemos decidir es qué hacemos mientras el
suelo permanece quieto.
Y quizá esa sea la verdadera enseñanza de septiembre.
No que la tierra tenga memoria.
Sino que nosotros no deberíamos perderla.
Porque entre tantas banderas, tantos recuerdos, tantos
temblores y tantas tragedias, septiembre también nos está diciendo algo:
que seguimos aquí.
Y mientras sigamos aquí, todavía podemos abrazar, ayudar,
escuchar, reconstruir, celebrar y querer un poco más.
Porque la vida también merece ser celebrada después de recordar a quienes ya no están.
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