Por: Jorge Cárdenas Reyes
“La tierra no distingue fronteras. Cuando decide sacudirse, nos recuerda que todos somos habitantes del mismo suelo.”
Mientras millones de personas tienen la mirada puesta en los estadios, en los goles, en las celebraciones y en la pasión que despierta la justa mundialista de fútbol, en otro rincón de nuestro continente la realidad juega un partido completamente distinto. Venezuela vive horas de angustia tras los sismos que recientemente estremecieron su territorio, dejando familias enteras con incertidumbre, viviendas dañadas y una enorme necesidad de solidaridad.
Las tragedias naturales tienen una extraña manera de borrar diferencias políticas, económicas y hasta ideológicas. Frente a un desastre no existen colores partidistas, banderas ni nacionalidades que valgan más que una vida humana. Ahí todos somos iguales.
Los mexicanos sabemos perfectamente de qué se trata.
No porque lo hayamos leído en los libros o porque nos lo hayan contado nuestros padres. Lo sabemos porque lo hemos vivido.
El terremoto de 1985 cambió para siempre la historia de nuestro país. Aquel 19 de septiembre no solamente colapsaron edificios; también nació una ciudadanía organizada, valiente y capaz de hacer lo que parecía imposible cuando las instituciones resultaban insuficientes.
Treinta y dos años después, en 2017, la historia volvió a sacudirnos. Otra vez el polvo cubrió las calles, otra vez el silencio se apoderó de las zonas de desastre y otra vez miles de mexicanos salieron de sus casas para ayudar a desconocidos sin preguntar nombres, apellidos ni condición social.
México aprendió, a la mala, una lección que nadie hubiera querido recibir.
Aprendimos que los simulacros no son pérdida de tiempo.
Aprendimos que una mochila de emergencia puede marcar la diferencia.
Aprendimos que la cultura de Protección Civil salva vidas mucho antes de que llegue el primer rescatista.
Y aprendimos que la solidaridad es uno de los recursos más valiosos que posee nuestro pueblo.
De esas dolorosas experiencias surgieron héroes anónimos que jamás buscaron reconocimiento.
Y también surgió un nombre que difícilmente olvidaremos:
Frida.
Aquella labrador de la Secretaría de Marina que, con sus inseparables goggles y botines, se convirtió en símbolo mundial de esperanza. Su imagen recorrió el planeta porque representaba algo mucho más grande que un binomio canino: representaba la certeza de que, mientras exista una posibilidad de encontrar vida entre los escombros, nunca debe perderse la esperanza.
Frida dejó un legado que hoy continúa en decenas de binomios caninos mexicanos, entrenados con disciplina, profesionalismo y un enorme compromiso por salvar vidas sin importar el país donde sean requeridos.
Por eso no sorprende que, una vez más, los Topos Mexicanos y equipos especializados de rescate hayan respondido al llamado y ya se encuentren en territorio venezolano. Lo han hecho antes en distintas partes del mundo y vuelven a demostrar que México exporta algo mucho más valioso que talento o tecnología: exporta humanidad.
No es casualidad que, cuando ocurre una tragedia internacional, muchos ojos busquen primero el característico casco de los Topos.
Porque donde otros ven ruinas, ellos buscan esperanza.
Donde otros observan escombros, ellos escuchan silencios.
Y donde otros creen que todo terminó, ellos siguen excavando.
Esa es la esencia del mexicano cuando decide ayudar.
Hoy Venezuela necesita esa mano amiga.
Necesita víveres, medicamentos, herramientas, apoyo económico y, sobre todo, sentir que no está sola.
Quienes deseen sumarse pueden acercarse a la Embajada de Venezuela o consultar sus canales oficiales para conocer los centros de acopio, las campañas de ayuda humanitaria o las formas autorizadas para realizar donaciones. En estos momentos es fundamental verificar siempre la información oficial para garantizar que la ayuda llegue a quienes realmente la necesitan.
Las tragedias tienen la capacidad de sacar lo peor de algunas personas, pero también revelan lo mejor de otras.
Ojalá pertenezcamos siempre al segundo grupo.
Porque los sismos nos recuerdan una verdad incómoda: ningún edificio es eterno, ningún patrimonio está completamente seguro y ninguna ciudad está exenta de volver a sentir que el piso desaparece bajo sus pies.
Lo único verdaderamente sólido es la capacidad de un pueblo para levantarse.
Mientras el mundo celebra goles, levanta copas y canta himnos en los estadios, en Venezuela hay familias que únicamente desean volver a abrazarse completas.
Quizá esa sea la victoria más importante de todas.
Y cuando las cámaras del deporte dejen de apuntar hacia la cancha, sería bueno que nuestras miradas siguieran dirigidas hacia quienes hoy necesitan ayuda.
Porque el verdadero campeonato no se gana con once jugadores.
Se gana cuando millones de personas entienden que la solidaridad también juega… y que, cuando la tierra tiembla, el grito más importante no es el de ¡gol!, sino el de auxilio.
Ese es un grito que los mexicanos conocemos demasiado bien.
Y precisamente por eso, nunca deberíamos dejar de responderlo.

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