No se calla la verdad silenciando periodistas



Hay hechos que deberían preocuparnos más allá de simpatías políticas, afinidades personales o diferencias ideológicas. Uno de ellos es la creciente normalización de los ataques contra quienes ejercen el periodismo.

En días recientes, mi amigo y jefe editorial, Martín E. Sánchez M., inició una serie de entrevistas con personas que aspiran a ocupar cargos de elección popular. Un ejercicio que, en cualquier democracia que se precie de serlo, debería entenderse como parte natural del debate público: preguntar, contrastar, escuchar y ofrecer información a la ciudadanía para que forme su propio criterio.

La entrevista es una de las herramientas más elementales del periodismo. No representa un respaldo, una adhesión o una toma de partido. Es, simplemente, la oportunidad de conocer posturas, proyectos y visiones de quienes aspiran a tomar decisiones que afectarán la vida de miles de personas. Negar ese espacio o condenarlo por anticipado sería tanto como renunciar al derecho de los ciudadanos a conocer a quienes buscan representarlos.

Sin embargo, lo que comenzó como una campaña de críticas y descalificaciones desde una página local de memes pronto escaló a un terreno mucho más preocupante: las amenazas personales.

Y es aquí donde surge una pregunta obligada: ¿en qué momento llegamos a un país donde entrevistar a un actor político puede convertirse en motivo de intimidación?

Vivimos tiempos en los que las redes sociales han democratizado la opinión, pero también han facilitado la propagación de campañas de desprestigio construidas sobre la desinformación, el prejuicio y el ataque personal. Hoy cualquiera puede criticar, y eso forma parte de la libertad de expresión. Lo preocupante es cuando la crítica deja de dirigirse al trabajo periodístico y se convierte en un intento deliberado por desacreditar, intimidar o silenciar a quien ejerce su profesión.

El periodismo no consiste en agradar a todos. Tampoco en publicar únicamente aquello que confirma nuestras creencias. El periodismo existe precisamente para hacer preguntas, para abrir espacios de discusión y para documentar aquello que sucede en la vida pública. Cuando una entrevista genera inconformidad, la respuesta debería ser más argumentos, más información y más debate; nunca el hostigamiento ni la amenaza.

Martín pertenece a una generación de periodistas jóvenes que intenta abrirse camino en un oficio cada vez más complejo. Lo hace sin padrinazgos, sin estructuras de poder que lo respalden y sin compromisos económicos que condicionen su trabajo. Como muchos comunicadores en municipios y regiones alejadas de los grandes reflectores, construye su trayectoria a base de esfuerzo, horas de trabajo, sacrificios personales y una profunda convicción de que informar sigue siendo una tarea indispensable para la sociedad.

Quienes hemos estado cerca de una redacción sabemos que detrás de cada nota publicada existen llamadas, entrevistas, verificaciones, recorridos, desvelos y, muchas veces, recursos que salen del propio bolsillo del reportero. Sabemos también que el reconocimiento rara vez llega con la misma intensidad que las críticas. Por eso resulta especialmente injusto que quienes intentan abrirse camino con trabajo honesto tengan que enfrentar campañas de linchamiento digital o amenazas que buscan sembrar miedo donde debería existir libertad.

México, lamentablemente, continúa siendo uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. La violencia contra comunicadores ya no es una estadística lejana ni una noticia que ocurre en otro estado. Es una realidad que se siente cada vez más cerca de quienes intentan documentar la vida pública de sus comunidades.

El problema es que nos hemos acostumbrado. Hemos normalizado los discursos de odio, las amenazas anónimas, las campañas de desprestigio y los intentos por desacreditar a periodistas simplemente por hacer preguntas incómodas. Poco a poco, la indignación colectiva parece haberse desgastado frente a una realidad que nunca debió ser aceptada.

Hubo épocas en que las agresiones contra periodistas provocaban una reacción inmediata del gremio. Las redacciones publicaban portadas en negro como señal de duelo y solidaridad. Los medios competían por las noticias, pero cerraban filas cuando se atentaba contra la libertad de expresión. Existía la conciencia de que un ataque contra un periodista era un ataque contra todos.

Hoy pareciera que la indignación se dispersa entre publicaciones efímeras, comentarios en redes sociales y ciclos informativos que duran apenas unas horas. Las amenazas se vuelven tendencia por un día y al siguiente son reemplazadas por otro tema. Pero para quien las recibe, para quien ve expuesta su integridad o la de su familia, el miedo permanece mucho más tiempo que cualquier publicación viral.

¿Qué debemos hacer para que las autoridades vuelvan la mirada hacia quienes ejercen diariamente el derecho de informar? ¿Cuántas amenazas más deben acumularse para que se entienda que intimidar a un periodista no es un asunto personal, sino un ataque al derecho de toda la sociedad a estar informada?

La preocupación no es nueva. Hace tiempo, mientras intentaba indagar sobre presuntos casos de tala clandestina en una delegación de la zona de los volcanes, un habitante me respondió con una frase que aún resuena en mi memoria: "Acá ni te metas, hermano; aquí sí te linchan".

Aquellas palabras retrataban algo más profundo que el temor individual. Reflejaban el ambiente de riesgo que rodea a quienes buscan respuestas en temas incómodos para determinados intereses. Reflejaban la existencia de territorios donde preguntar resulta peligroso y donde el silencio parece haberse convertido en una condición para la supervivencia.

Por eso hoy la solidaridad con Martín no debe entenderse únicamente como respaldo a una persona. Es un respaldo a la libertad de preguntar, de investigar y de publicar. Porque cuando las amenazas sustituyen al diálogo, pierde el periodista, pero también pierde la sociedad. Pierde la ciudadanía que deja de recibir información, pierde la democracia que necesita voces críticas y pierde la verdad que encuentra cada vez más obstáculos para abrirse paso.

La verdad puede incomodar. Puede generar críticas, debates y controversias. Lo que no debería generar nunca es miedo.

Y es precisamente en momentos como este cuando el gremio debe recordar que el silencio jamás ha protegido al periodismo. La historia demuestra que cada espacio de libertad conquistado por los medios de comunicación ha sido producto de la perseverancia de hombres y mujeres que decidieron seguir preguntando a pesar de las presiones, los señalamientos y los riesgos.

Por eso, desde estas líneas, expreso mi solidaridad absoluta con Martín E. Sánchez M. No solamente como jefe editorial, sino como amigo, como colega y como compañero de oficio. Porque conozco la honestidad con la que desempeña su trabajo, porque he sido testigo de su compromiso con la información y porque sé que detrás de cada publicación existe la intención genuina de informar y servir a la comunidad.

A Martín le digo que no está solo. Que quienes creemos en el periodismo libre, crítico y responsable entendemos que las amenazas jamás deben convertirse en el precio de informar. Que el respaldo de los colegas vale más que el ruido de quienes pretenden desacreditar desde el anonimato. Y que, pese a todo, vale la pena seguir ejerciendo este oficio que tantas veces resulta ingrato, pero que sigue siendo indispensable para la vida democrática.

Porque al final, las campañas de odio pasan, las intimidaciones quedan exhibidas por lo que son y la verdad encuentra siempre la manera de abrirse camino.

La verdad no se calla silenciando periodistas.