Cuando la niebla volvió a casa

Por: Jorge Cárdenas Reyes


Hay espectáculos que no necesitan boletos, escenarios ni campañas de promoción. Basta con asomarse por la ventana para entender que la naturaleza, cuando quiere, sigue siendo la mejor artista.

Esta semana, un espeso banco de niebla sorprendió a los habitantes de Amecameca y de varias comunidades de la región de los volcanes. Las redes sociales se llenaron de fotografías, videos y expresiones de asombro. Para muchos jóvenes fue una experiencia inédita; la primera vez que vieron cómo el paisaje desaparecía bajo un manto blanco que parecía tragarse calles, árboles y montañas.

Pero para quienes ya acumulamos algunos años, aquella mañana no fue una sorpresa. Fue un viaje.

Un viaje directo a la infancia.

Hubo un tiempo en que este fenómeno era parte de la vida cotidiana. Era común que, entre Santo Tomás y Zentlalpan, la niebla descendiera con tal intensidad que conducir era una aventura y caminar entre aquel blanco infinito parecía hacerlo dentro de una nube. No ocurría una vez cada muchos años; sucedía con frecuencia, como parte del calendario natural de esta tierra.

Y entonces regresaron también aquellas frases de los abuelos, que siempre encontraban la forma más sencilla de explicar el mundo.

"En Amecameca sólo hay dos estaciones: el invierno... y la del tren."

Quizá las nuevas generaciones no alcancen a entender el sentido de esa ocurrencia, pero quienes crecimos escuchándola sonreímos al recordarla. Era otra época. Una donde el clima tenía reglas que parecían escritas desde siempre.

Antes sabíamos que las lluvias estaban cerca sin necesidad de consultar aplicaciones del celular.

Llegaban las palomas sanjuaneras. Esas pequeñas visitantes que hacían nido en los viejos postes de madera y que, si uno descuidaba los cajones donde se guardaba la ropa, terminaban convirtiendo las prendas en su alimento favorito.

Las golondrinas volaban en parvadas a media altura por las calles. Los mayores las miraban y sentenciaban: "Va a llover fuerte". Y casi nunca se equivocaban.

En los montes aparecían enormes hongos sanjuaneros que pintaban de blanco el campo, mientras la tierra húmeda desprendía ese aroma que ninguna fragancia ha logrado imitar.

Y por las noches no hacía falta comprar una experiencia turística para maravillarse.

Bastaba salir de casa, caminar hacia los terrenos de cultivo o perderse un poco entre los caminos para encontrarse con cientos de luciérnagas iluminando la oscuridad. Era un regalo de la naturaleza, libre, silencioso y compartido.

Hoy muchas de esas escenas sobreviven únicamente en la memoria.

Los fenómenos climatológicos han cambiado. Las temporadas ya no obedecen a los ritmos de antes. La lluvia llega cuando quiere, el calor rompe récords, el frío aparece tarde y la niebla, que alguna vez fue parte del paisaje habitual, ahora se convierte en noticia.

También cambió nuestra relación con la naturaleza.

La luciérnaga, que durante generaciones fue una vecina discreta del bosque, hoy se ha convertido en un producto turístico. Hay recorridos que cuestan entre 300 y hasta 700 pesos por persona para contemplar un espectáculo que nunca necesitó intermediarios.

Peor aún, han surgido personajes que hablan como si las luciérnagas existieran gracias a ellos, como si el bosque hubiera esperado su llegada para comenzar a brillar.

Nada más alejado de la realidad.

Las luciérnagas estaban aquí mucho antes que cualquier proyecto turístico, antes que las redes sociales, antes que las campañas publicitarias y antes que quienes hoy se autoproclaman sus guardianes.

Lo único que realmente necesitan es que respetemos su hogar.

Porque cuidar un bosque no significa venderlo mejor. Significa conservarlo.

Porque el verdadero ecoturismo debería enseñar a admirar sin invadir, a disfrutar sin depredar y a comprender que la naturaleza no es un parque temático.

Quizá por eso emocionó tanto aquel banco de niebla.

No sólo cubrió Amecameca.

También destapó recuerdos.

Nos recordó que todavía quedan señales de aquel pueblo donde el clima marcaba el ritmo de la vida, donde los abuelos leían el cielo mejor que cualquier pronóstico y donde la naturaleza seguía siendo dueña del espectáculo.

Tal vez ese banco de niebla no vino solamente a cubrir los volcanes. Quizá llegó para recordarnos que la naturaleza tiene memoria, aunque nosotros parezcamos empeñados en olvidarla. Aún estamos a tiempo de decidir si queremos que nuestros hijos conozcan estos paisajes por la experiencia de vivirlos o únicamente por las fotografías que nosotros les dejemos. Porque el verdadero progreso no consiste en convertir cada rincón del bosque en un producto turístico ni en ponerle precio a cada maravilla que nos regala la tierra, sino en ser capaces de conservarla con respeto y responsabilidad. Sólo así la niebla volverá a abrazar nuestros pueblos, las golondrinas seguirán anunciando la lluvia, los hongos volverán a pintar de blanco los montes y las luciérnagas continuarán encendiendo las noches de Amecameca. Al final, el mejor legado que podemos dejar no es un bosque explotado, sino un bosque vivo, capaz de seguir despertando el asombro de quienes aún entienden que los milagros de la naturaleza nunca debieron tener precio.

Este cierre le da un remate más periodístico y emotivo, dejando al lector con una reflexión sobre la conservación y la identidad de Amecameca.