Hoy me toca escribir de una de esas.
La reciente separación del equipo de trabajo de Martín Eduardo Sánchez Martínez me deja una sensación extraña, de esas que cuesta acomodar en una sola palabra. Es alegría y vacío. Es orgullo y nostalgia. Es saber que alguien a quien quieres toma una decisión importante para crecer, mientras una parte de ti quisiera decirle: “espérate tantito, todavía nos faltan muchas historias”.
Pero no.
Hay momentos en los que querer a un amigo también significa dejarlo caminar.
Y Martín tiene derecho a caminar hacia donde quiere llevar su proyecto.
Martín es un excelente periodista. Pero, si me permiten la irreverencia, decir solamente eso sería quedarse bastante corto.
Es una excelente persona y, por encima de todo, un mejor amigo.
De esos amigos que no necesariamente aparecen todos los días, pero que cuando aparecen sabes que están. De esos con quienes se puede hablar de política, de periodismo, de la vida, de las tragedias propias del oficio y, por supuesto, de esas ideas que nacen como una ocurrencia absurda y terminan convirtiéndose en algo que nadie imaginó.
Así nació, entre muchas otras cosas, la FIA, Fuerza Informativa Ameca.
Y aquí viene una de las partes que más disfruto recordar.
La FIA comenzó prácticamente como una parodia.
Una ocurrencia.
Un juego.
Una de esas cosas que uno hace pensando “vamos a ver qué pasa” y que, contra todo pronóstico, termina caminando con sus propios pies.
Y caminó.
Creció.
Se consolidó.
Hoy la Fuerza Informativa Ameca tiene un lugar ganado en el ambiente informativo. Y eso, para quienes hemos estado cerca, tiene un valor especial porque conocemos perfectamente el origen de aquella idea que alguna vez pudo parecer una simple puntada.
Así es el periodismo.
A veces las grandes historias empiezan con una estupidez.
Y las grandes amistades también.
Me quedo con las anécdotas de trabajo, con las aventuras, con las conversaciones interminables, con las ocurrencias, con los proyectos que nacieron sobre la marcha y con esos momentos que solamente quienes compartimos una trinchera podemos entender.
Me quedo también con aquellas tardes reflexivas en el Ecocparque de Los Nahuales, porque hay lugares donde uno termina hablando de todo menos de lo que originalmente iba a hablar.
Y cómo olvidar la creación de ese término que todavía me provoca una sonrisa: “ASIS”.
Nació de una entrevista que su servidor le hacía a Martín. Una palabra que apareció casi de manera accidental y que terminó convirtiéndose en parte de nuestro propio lenguaje.
Porque así funcionan algunas amistades: van construyendo códigos que para los demás no significan absolutamente nada, pero que para quienes los vivimos contienen historias completas.
En mi vida me ha tocado despedir laboralmente a algunos amigos. No han sido muchos. De hecho, los puedo contar con los dedos de una mano.
Y quizá por eso cada despedida pesa.
Recuerdo al Maguito Frank, compañero de batalla de aquellos tiempos en El Universal, quien de la nada decidió abandonar todo y reiniciar su vida en Chiapas. Hay personas que un día están ahí, compartiendo la rutina, las prisas, las coberturas, las llamadas y las carreras contra el reloj, y al siguiente toman una mochila, cierran una puerta y comienzan otra historia.
También está el Pajarito, Alfredo Díaz.
Un señor de prensa que terminó enseñándome mucho más de la vida que de la profesión. Y quizá esa sea una de las mayores lecciones que puede dejar alguien que comparte contigo una parte del camino.
Con tristeza me enteré tiempo después de su fallecimiento.
Y entonces uno entiende que algunas despedidas no son realmente despedidas hasta que la vida decide convertirlas en definitivas.
También está mi jefe y amigo, Carlos Argote Melchor.
Cada uno dejó algo.
Una enseñanza.
Una anécdota.
Una cicatriz.
Una carcajada.
Una manera distinta de entender este oficio.
Y ahora es Martín quien provoca ese sentimiento contradictorio que solamente generan las personas importantes: alegría porque sé que lo que viene para él puede ser enorme, pero también un pequeño vacío porque las dinámicas cambian, los equipos se transforman y aquellas reuniones que parecían eternas terminan convirtiéndose en recuerdos.
Pero hay algo que tengo muy claro:
Martín merece que le vaya bien.
Y no lo digo por compromiso.
Lo digo porque sé lo que ha caminado.
Ha caminado muchas veces solo.
Ha batallado solo.
Ha tocado puertas.
Ha insistido.
Ha caído y se ha levantado.
En tiempos recientes algunos hemos tenido la fortuna de acompañarlo, de echarle una mano, de compartir el camino, pero sería injusto pensar que lo construido se debe solamente a quienes estuvimos alrededor durante una parte de esta historia.
No.
Lo que Martín ha conseguido tiene detrás muchas horas de trabajo, sacrificios, decisiones difíciles y una terquedad —de esa buena— que solamente tienen quienes realmente creen en lo que hacen.
Por eso ahora toca desearle lo mejor.
Que crezca.
Que se equivoque.
Que vuelva a intentar.
Que le vaya bien.
Que le vaya muy bien.
Y, si se puede, que le vaya muchísimo mejor de lo que nosotros mismos imaginamos.
Porque los amigos también se celebran cuando toman decisiones que los llevan lejos de nosotros.
Y aquí aparece otra verdad incómoda de este oficio:
la comunicación es un medio ingrato, pero también es un medio hermoso.
Ingrato porque pocas veces perdona errores.
Porque siempre hay alguien dispuesto a criticar.
Porque una nota puede tardar horas en construirse y desaparecer del panorama en cinco minutos.
Porque puedes hacer diez cosas bien y alguien se encargará de recordarte la número once que salió mal.
Pero también es hermoso.
Porque permite contar historias.
Porque acerca personas.
Porque deja memoria.
Porque permite conocer lugares, personajes y realidades que probablemente jamás habríamos conocido de otra manera.
Y porque, de vez en cuando, te regala amigos que terminan siendo mucho más importantes que cualquier publicación, entrevista, transmisión o portada.
Ahora la FIA se regenera.
La vida sigue.
Y el paquete —porque alguien tenía que quedarse con él— queda en manos de Daniel, Gerardo, Mariana, Lupita y quien escribe estas líneas.
Nos toca seguir informando.
Nos toca mantener el ritmo.
Nos toca intentar llegar a tiempo.
Porque hay una frase vieja que siempre me ha gustado:
“Hay que vender noticias, no historia.”
Y tiene algo de razón.
El periodista debe estar donde está pasando algo. Debe contar lo que ocurre. Debe buscar la noticia mientras sucede, no vivir permanentemente de lo que alguna vez ocurrió.
Pero hay una paradoja:
Mientras uno vende noticias, inevitablemente termina construyendo historia.
La historia de los lugares.
La historia de las personas.
La historia de las comunidades.
Y, sin querer, la historia de uno mismo.
Quizá por eso hoy escribo sobre Martín.
Porque más allá de la separación de un equipo de trabajo, lo que realmente estamos viviendo es el cierre de una etapa.
Y las etapas no siempre terminan porque algo haya salido mal.
A veces terminan precisamente porque algo salió bien y llegó el momento de crecer.
Martín se va a concentrar de lleno en hacer crecer su medio de comunicación.
Y yo celebro esa decisión.
Porque los proyectos propios requieren tiempo, energía, paciencia y, sobre todo, hambre.
Hambre de hacer algo diferente.
Hambre de demostrar.
Hambre de construir.
Y si algo le sobra a este buen amigo es capacidad para seguir peleando.
Seguramente volveremos a coincidir.
En una cobertura.
En una conferencia.
En una calle.
En una entrevista.
En algún café.
O quizá en una de esas tardes donde uno empieza hablando de periodismo y termina preguntándose qué demonios estamos haciendo con nuestras vidas.
Porque así somos los periodistas.
Nos encanta contar la vida de los demás mientras intentamos entender la nuestra.
Y seguramente cuando nos volvamos a encontrar habrá nuevas historias, nuevos proyectos y quizá hasta nuevas canas —porque esas sí llegan sin invitación y sin posibilidad de bloqueo—.
Mientras tanto, gracias, Martín.
Gracias por las aventuras.
Por las ocurrencias.
Por las discusiones.
Por las tardes.
Por las entrevistas.
Por la FIA.
Por el “ASIS”.
Por las historias que todavía no sabemos que contamos.
Y, sobre todo, gracias por la amistad.
Porque los equipos de trabajo cambian.
Los medios cambian.
Las plataformas cambian.
Las noticias cambian.
Pero cuando la amistad es verdadera, no necesita una oficina para sobrevivir.
Hoy se cierra una etapa, pero no una historia.
La FIA seguirá informando.
Martín seguirá construyendo.
Y nosotros seguiremos haciendo lo que sabemos hacer.
Contar lo que pasa.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza de todo esto:
La forma lo es todo, porque es la manera en que decidimos caminar. Pero el fondo siempre termina siendo el resultado de lo que hicimos mientras caminábamos.
Y Martín ha caminado mucho.
Ha caminado solo.
Ha caminado acompañado.
Ha tropezado.
Ha vuelto a levantarse.
Y ahora ha decidido tomar otro camino.
Que le vaya bonito.
Que le vaya grande.
Que le vaya como se merece.
Porque al final, en este oficio donde todos corremos detrás de la noticia, hay algo que ninguna redacción, ningún micrófono y ninguna cámara puede comprar:
la historia de haber encontrado amigos en el camino.
Y esa, querido Martín, esa sí que no necesita venderse.
Esa se queda.

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