Hay sabores que uno no olvida. Pueden
pasar veinte, treinta, cuarenta años y basta con percibir un olor para que, sin
pedir permiso, la memoria nos lleve de regreso a una cocina, a una mesa, a una
tarde cualquiera de nuestra infancia.
Y es que, si algo ha cambiado con los
años, además de la forma de vestir, de comunicarnos y hasta de enamorarnos, es
la manera en que comemos.
Antes, comer era muchas veces un acto
de imaginación.
En mi casa no había grandes lujos.
Éramos siete crios y, como podrán imaginarse, darle de comer a siete bocas
todos los días no era precisamente tarea sencilla. Sin embargo, mi padre y mi
madre encontraban la manera.
¿Cómo le hacían?
Durante muchos años me lo pregunté. Ahora creo que ya tengo
la respuesta: con esfuerzo, imaginación, un poquito de suerte y, sobre todo,
con muchas ganas de sacar adelante a la familia.
Había días en que la economía apretaba, pero existía algo
que hoy quizá hemos perdido: la posibilidad de voltear hacia el terreno y
encontrar ahí buena parte de la comida.
Los corrales, los huertos y los terrenos eran una especie
de despensa abierta. Bastaba caminar unos metros, cortar lo que la bendita
tierra nos regalaba y regresar a la cocina.
Había habas, flor de calabaza, elotes, peras, manzanas y
muchos otros manjares que hoy algunos pagarían bastante bien en un restaurante
que se anuncie como “cocina de campo”.
Y estaban los quelites.
¡Ah, los quelites!
Esos que ahora aparecen en algunos menús como si fueran una
sofisticada propuesta gastronómica y que nosotros comíamos al vapor, sin tanta
ceremonia y sin saber que algún día serían considerados casi un lujo culinario.
También estaban los quintoniles, que bien preparados y
acompañados de un buen hueso de res en caldo, podían convertirse en un
verdadero banquete.
No necesitábamos demasiado.
Un poco de aquí, otro poco de allá, sal, alguna hierba, el
comal, la olla y el ingenio de mi madre.
Y cómo olvidar a las gallinas.
Era una bendición escuchar su cacareo. Aquel sonido era
parte de la vida cotidiana y, para nosotros, casi el anuncio de que había
desayuno. Había que ir al corral por los huevos y aquellos sí que eran frescos:
recién puestos, todavía tibios.
Mi papá nos enseñó una manera muy particular de
consumirlos. Se hacía un pequeño orificio en uno de los extremos del huevo, se
le agregaba un poquito de sal, se le daban unas vueltas con una astilla y, de
ahí mismo, a beberlo todavía tibio.
Para nosotros era de lo más normal.
Nunca nos preguntamos si aquello era raro o si alguien más
lo hacía. Simplemente era nuestro desayuno.
Hoy, seguramente, más de uno pondría cara de sorpresa ante
semejante costumbre. Pero detrás de aquel huevo había algo que ahora hemos
perdido: sabíamos exactamente de dónde venía nuestra comida.
La gallina lo había puesto y nosotros lo comíamos.
Sin cajas de cartón, sin anaqueles, sin publicidad y sin
cientos de kilómetros de traslado.
Así de sencillo.
Y hablando del comal, no puedo dejar fuera las tortillas de
mano.
Mi madre y mi hermana Paty se rifaban con ellas.
Aquellas tortillas no tenían que ser perfectamente
redondas. Algunas salían más gruesas, otras más delgadas, alguna hasta medio
chueca. Pero tenían algo que ninguna máquina ha podido fabricar: sabor.
Porque una tortilla hecha a mano no solamente alimentaba.
También hablaba de quien la hacía.
Los domingos, además, había una tarea que hoy puede parecer
de otra época: subir al monte por leña.
Íbamos por la leña que serviría durante la semana para
guisar. Era parte de la rutina, parte de la vida. Uno no lo veía como una
experiencia de conexión con la naturaleza ni como una actividad extraordinaria.
Era simplemente lo que tocaba hacer.
Y con esa leña comenzaba la magia.
El fogón encendido, la leña tronando, el humo impregnando
la ropa y ese olor que poco a poco comenzaba a salir de la cocina.
La cocina de mi madre siempre olía a algo.
A veces a frijoles, otras a caldo, a tortillas recién
hechas, a quelites, a salsa, a leña.
Y uno podía estar jugando afuera, pero el olor era
suficiente para saber que ya casi era hora de comer.
Mi padre y mi madre eran un complemento perfecto.
Él trabajando, buscando cómo llevar lo necesario a la casa.
Ella haciendo rendir lo que había.
Y entre los dos lograban algo que, visto desde la
distancia, parece casi imposible: alimentar a siete hijos.
No había aplicaciones para pedir comida.
No había servicio a domicilio.
No existían las grandes cadenas de comida rápida en cada
esquina.
Y tampoco había refrigeradores llenos de productos
congelados esperando su turno.
Había una olla.
Había un comal.
Había leña.
Había tierra.
Y había ganas.
Quizá por eso aquellos alimentos sabían diferente.
No necesariamente porque fueran mejores ingredientes
—aunque muchas veces lo eran—, sino porque detrás de ellos había tiempo,
trabajo y una historia.
Hoy vivimos en un mundo donde prácticamente podemos comer
cualquier cosa a cualquier hora.
Pizza a domicilio.
Hamburguesas.
Embutidos.
Productos congelados.
Comida instantánea.
Refrescos.
Botanas.
Alimentos procesados que solamente necesitan unos minutos
para convertirse en “comida”.
Y no estoy diciendo que nunca debamos comer una pizza o una
hamburguesa. Sería absurdo. Todos, en algún momento, disfrutamos de una buena
hamburguesa, una pizza o algún antojo de esos que uno sabe que no son
precisamente el ejemplo de una alimentación equilibrada.
El problema aparece cuando lo excepcional se convierte en
costumbre.
Cuando la comida deja de ser alimento y comienza a
convertirse simplemente en combustible rápido para seguir con el día.
Tenemos prisa para todo.
Prisa para trabajar.
Prisa para trasladarnos.
Prisa para contestar mensajes.
Y también prisa para comer.
Quizá por eso muchas veces, cuando salimos a comer a la
calle, no estamos buscando solamente quitarnos el hambre.
Estamos buscando un recuerdo.
Buscamos ese sabor que nos regrese a la casa de nuestra
madre.
A la cocina de la abuela.
A aquella olla que parecía no tener fondo.
A los frijoles de la casa.
A una salsa hecha en molcajete.
A una tortilla recién salida del comal.
A ese caldo que parecía curar hasta las penas.
Porque la comida tiene esa extraña capacidad de viajar en
el tiempo.
Uno puede probar un bocado y, de repente, volver a tener
diez años.
Volver a sentarse en aquella mesa.
Volver a escuchar las voces de quienes ya no están.
Volver a ver las manos de la madre trabajando la masa.
Volver a escuchar el sonido de la leña.
Y entonces entendemos que quizá nunca estuvimos comiendo
solamente comida.
Estábamos comiendo recuerdos.
Estamos comiendo memoria.
Y ahí está una de las grandes diferencias con la
alimentación actual.
Hoy tenemos a nuestro alcance una cantidad impresionante de
productos procesados y ultraprocesados. Embutidos, botanas, bebidas azucaradas,
comidas preparadas, pizzas, hamburguesas y toda clase de alimentos diseñados
para ser prácticos, rápidos y atractivos.
El problema no es consumirlos ocasionalmente.
El problema es cuando comienzan a desplazar de nuestra mesa
a los alimentos frescos y a la comida preparada en casa.
Nuestro cuerpo también cobra las facturas.
Quizá nuestros padres no hablaban de etiquetas
nutricionales, grasas saturadas, sodio o alimentos ultraprocesados.
Pero tenían algo que hoy parece cada vez más difícil de
encontrar: una alimentación basada, en buena medida, en productos frescos, de
temporada y preparados en casa.
Comíamos lo que había.
Y curiosamente, muchas veces lo que había era exactamente
lo que necesitábamos.
Había una lógica detrás de aquella cocina.
Si era temporada de habas, había habas.
Si había elotes, había elotes.
Si aparecía la flor de calabaza, había que aprovecharla.
Si el terreno daba quelites, pues había quelites.
Si había huevos en el corral, había huevos.
No había que viajar cientos de kilómetros para encontrar un
producto que venía empacado, etiquetado y con una fecha de caducidad.
La tierra estaba ahí.
Y había que aprovecharla.
Hoy hemos cambiado muchas cosas.
Tenemos más opciones, sí.
Pero tener más opciones no siempre significa comer mejor.
Quizá por eso debemos recuperar algunas de aquellas
costumbres, sin caer en la nostalgia de pensar que todo tiempo pasado fue
mejor.
No se trata de regresar a vivir como antes.
Se trata de aprender de antes.
De volver a valorar los alimentos frescos.
De comprar productos de temporada.
De cocinar más.
De recuperar recetas familiares.
De enseñarles a nuestros hijos qué son los quelites, los
quintoniles, las habas, la flor de calabaza.
De explicarles que una tortilla no necesariamente sale de
una bolsa del supermercado.
Y, sobre todo, de sentarnos a comer.
Sin teléfono.
Sin prisas.
Sin estar viendo qué sigue.
Porque también hemos perdido eso: el tiempo para compartir
la comida.
En mi memoria, comer era un acontecimiento familiar.
No importaba si había un gran banquete o simplemente un
caldo con lo que se tenía a la mano.
Nos sentábamos.
Comíamos.
Platicábamos.
Y alguien seguramente decía: “¡Ya dejen algo para los
demás!”
Porque con siete hijos, hasta una olla grande tenía sus
límites.
Hoy recuerdo aquellas comidas y entiendo algo que de niño
no podía comprender.
Mi madre no hacía magia.
Mi padre tampoco.
Lo que hacían era trabajar.
Y mi madre, además, tenía esa capacidad extraordinaria de
convertir pocos ingredientes en una comida para muchos.
Eso también es gastronomía.
No la de los grandes restaurantes.
No la de los chefs con estrellas.
La gastronomía de la vida.
La que nace en una cocina humilde.
La que huele a leña.
La que se acompaña con tortillas de mano.
La que aprovecha lo que da la tierra.
La que alcanza para todos.
Y quizá por eso, tantos años después, cuando uno prueba un
platillo en algún lugar, inconscientemente busca aquello que ya conoce.
Ese sabor de casa.
Ese sabor de mamá.
Ese sabor de la abuela.
Porque podrá haber pizzas de todos los tamaños,
hamburguesas de todos los precios, embutidos de todas las marcas y miles de
productos en los anaqueles, pero hay algo que difícilmente se puede comprar:
el sabor de la memoria.
Y cuando uno tiene la fortuna de haberlo conocido, entiende
que aquellos tiempos de carencias quizá también fueron tiempos de abundancia.
No de dinero.
De sabores.
De historias.
De familia.
De tierra.
De esfuerzo.
Y de amor servido en un plato.
Quizá por eso hoy, cuando escucho el cacareo de una
gallina, huelo la leña o veo una tortilla hecha a mano, algo dentro de mí
regresa a aquella casa.
Regresa a mi madre.
A mi padre.
A mis hermanos.
A los domingos de subir al monte por leña.
A mi hermana Paty frente al comal.
A los huevos recién puestos.
A los quelites y los quintoniles.
A aquellos siete niños esperando alrededor de una mesa.
Y entonces me queda una última reflexión:
hemos avanzado muchísimo en la manera de producir y
comprar nuestros alimentos, pero quizá no siempre hemos avanzado en la manera
de disfrutarlos.
Tenemos más comida que nunca, pero menos tiempo para
cocinarla.
Tenemos más opciones, pero menos paciencia para
prepararlas.
Tenemos más restaurantes, pero a veces seguimos buscando en
ellos el sabor de una cocina que ya no tenemos.
Tal vez el verdadero progreso no está en dejar atrás
aquellas costumbres, sino en rescatar lo mejor de ellas.
Volver a cocinar.
Volver a compartir.
Volver a mirar la tierra.
Volver a valorar lo que nace en nuestra propia comunidad.
Y, de vez en cuando, apagar el teléfono, sentarnos a la
mesa y dejar que la comida haga lo que siempre ha sabido hacer:
juntarnos, alimentarnos y recordarnos quiénes
somos.
Porque al final de cuentas, uno podrá olvidar muchas cosas
de la infancia...
pero hay sabores que se quedan para siempre.
Y cuando regresan, aunque sea por un instante, entendemos
que algunas comidas no solamente alimentaron nuestra niñez.
También construyeron la memoria de toda nuestra vida.

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