Los aires fríos que nos devuelven los recuerdos



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Periodismo Independiente
Por: Redacción
Orientedoméx


Ya comenzaron a sentirse esos aires fríos que anuncian que el año se nos está yendo de las manos.

Uno sale temprano y el cuerpo lo sabe antes que el calendario. Se mete las manos en las bolsas, sube el cierre de la chamarra hasta el cuello y, aunque todavía no sea invierno, ya estamos buscando con qué taparnos. Es ese frío de la zona de los volcanes, el que baja de las montañas, se mete por las calles y parece tener la costumbre de llegar sin avisar.

Aquí el frío no es cualquier frío.

Es un aire que conoce de campos, de montañas, de árboles y de madrugadas. Un aire que parece venir cargado de historias y que, cuando entra por la ventana, también se mete en los recuerdos.

Porque hay algo curioso con estas temporadas: Basta una mañana helada para que uno recuerde cosas que llevaba años sin pensar. Una casa donde hacía más frío adentro que afuera. Una cobija pesada. El olor a leña. Las manos entumidas. El café o el atole caliente. Las tortillas recién hechas. La cocina convertida en el lugar más concurrido de la casa porque ahí, por lo menos, se podía engañar un poco al invierno.

Y también están los campos.

Los que conocemos esta región sabemos que hay un momento en el año en que los elotes dejan de ser elotes y comienzan a convertirse en mazorcas. El campo cambia de color, cambia de textura y parece decirnos que el ciclo está llegando a otra etapa.

Es una transformación silenciosa.

Mientras nosotros seguimos con nuestras prisas, los campos hacen lo suyo. Maduran, se secan, esperan. Los pastos comienzan a cambiar y las mañanas poco a poco se pintan de ese blanco que anuncia que las heladas no están tan lejos.

Y uno se acuerda de cómo eran antes.

Porque antes los fríos se sentían diferentes. O quizá éramos nosotros quienes los vivíamos de otra manera.

Se congelaban los depósitos de agua. Las tuberías amanecían tapadas por el hielo y había que buscar la manera de hacer que el agua volviera a correr. No había tantas soluciones modernas ni tantas cosas a la mano. Había ingenio, paciencia y esa capacidad que tenían nuestros padres y abuelos para resolver prácticamente cualquier problema.

Había quienes recurrían hasta a los periódicos encendidos para ayudar a descongelar las tuberías.

Hoy puede parecer una ocurrencia peligrosa o una historia de otros tiempos, pero entonces era parte de la vida cotidiana. Era la manera de enfrentar el frío cuando el frío se convertía en un problema.

Y así como se congelaba el agua, también se congelaban los caminos.

Las mañanas comenzaban con el pasto blanco, las plantas cubiertas de escarcha y los campos con esa apariencia que, desde lejos, parece una fotografía bonita, pero que para quienes trabajan la tierra puede significar preocupación.

Porque una helada no es solamente una postal.

Una helada puede echar a perder una cosecha, afectar los cultivos y poner en aprietos a quienes dependen de la tierra para vivir. Por eso, mientras algunos disfrutamos la belleza de una mañana blanca, hay quienes miran el cielo con otra preocupación.

Aquí sabemos que el clima tiene dos caras.

Puede regalarnos paisajes extraordinarios, pero también puede recordarnos lo frágil que es la vida del campo.

Y quizá por eso estos primeros fríos también nos vuelven un poco más aprensivos.

Comenzamos a mirar el cielo antes de salir. Revisamos si habrá helada. Preguntamos cómo amaneció en tal pueblo o en aquella comunidad. Nos fijamos si las montañas están despejadas o cubiertas de nubes.

Hasta la conversación cambia.

“¿Ya sentiste el frío?”

“Ya vienen las heladas.”

“Este año sí se adelantaron.”

“Antes hacía más frío.”

Y seguramente esta última frase la hemos escuchado todos.

Porque cada generación siente que antes hacía más frío, que antes llovía más, que antes las noches eran más oscuras y que las estrellas se veían mucho más cerca.

Pero quizá hay algo de verdad en todo eso.

O quizá lo que cambió fue nuestra manera de mirar.

Porque ahora tenemos más luces, más ruido, más vehículos, más pendientes y más pantallas. Nos hemos acostumbrado a mirar hacia abajo, hacia el teléfono, y se nos olvida mirar hacia arriba.

Por eso el frío también tiene esa extraña virtud de obligarnos a levantar la mirada.

En estas noches, el cielo parece estar más cerca.

La luna se siente más grande. Las estrellas parecen haber bajado unos cuantos metros y, si uno se queda un rato en silencio, puede sentir que el cielo de los volcanes tiene una manera muy particular de hablar.

Es un cielo que en septiembre comienza a sentirse diferente.

Las tardes se vuelven más cortas. La oscuridad llega más temprano. El aire cambia y las montañas adquieren otra tonalidad.

Y uno, sin saber por qué, se pone melancólico.

Quizá sea el frío.

Quizá sea el final del año acercándose.

Quizá sean los recuerdos.

Porque septiembre también tiene esa costumbre de hacernos mirar hacia atrás. Nos recuerda lo que pasó, a quienes ya no están, las casas que cambiaron, los amigos que tomaron otros caminos y aquellos tiempos en los que parecíamos tener todo el tiempo del mundo.

El frío hace lo mismo.

Nos desbloquea recuerdos.

Nos lleva a la infancia, a las mañanas escolares, a los regaños por no querer levantarnos temprano, a los suéteres que olían a guardado, a las botas mojadas, a los campos, a las caminatas, a las tardes frente a una taza caliente.

Nos recuerda a nuestros padres y abuelos.

A quienes sabían leer el cielo sin necesidad de una aplicación. A quienes podían saber que iba a llover por el comportamiento de las nubes. A quienes sabían cuándo sembrar, cuándo cosechar y cuándo había que preocuparse porque el frío venía demasiado fuerte.

Hoy tenemos pronósticos, satélites y aplicaciones que nos dicen prácticamente todo.

Pero todavía hay gente que mira hacia la montaña y sabe.

Sabe cuándo viene el frío.

Sabe cuándo la helada está cerca.

Sabe cuándo el campo necesita agua y cuándo necesita paciencia.

Quizá por eso estos primeros aires fríos también son una invitación a no olvidar esos conocimientos que no están escritos en ningún manual, pero que forman parte de la memoria de nuestros pueblos.

Porque una región no solamente se construye con calles, edificios y obras.

También se construye con recuerdos.

Con las historias que se cuentan en las cocinas, con las costumbres que pasan de generación en generación, con las palabras que todavía usamos, con los sabores que reconocemos desde niños y con esos pequeños detalles que, cuando somos jóvenes, creemos que nunca vamos a extrañar.

Hasta que un día llega una ráfaga de aire frío.

Y entonces entendemos.

Entendemos que extrañamos una época, una casa, una persona o simplemente aquella versión de nosotros mismos que alguna vez caminó por esos mismos caminos sin imaginar que muchos años después recordaríamos todo con tanta claridad.

Las heladas todavía no llegan con toda su fuerza, pero ya mandaron el primer aviso.

Los campos pronto volverán a amanecer blancos. El frío se hará más intenso y seguramente volveremos a sacar las cobijas gruesas del armario.

Habrá mañanas en las que no querremos salir de la cama y otras en las que agradeceremos un café caliente entre las manos.

Y mientras eso sucede, allá arriba seguirán los volcanes, vigilando silenciosamente nuestros pueblos.

Seguirá la luna.

Seguirán las estrellas.

Seguirán los campos esperando un nuevo ciclo.

Y nosotros seguiremos caminando, a veces demasiado rápido, sin darnos cuenta de que la vida también está hecha de estas pequeñas señales.

Tal vez por eso, cuando vuelva a sentir uno de esos aires fríos en la cara, en lugar de quejarme, voy a detenerme un momento.

Voy a mirar hacia la montaña.

Voy a levantar la vista.

Y voy a dejar que el frío haga su trabajo.

Que me recuerde a quienes estuvieron, a lo que fuimos, a lo que hemos cambiado y a todo aquello que todavía permanece.

Porque al final, quizá los aires fríos no llegan solamente para anunciarnos el invierno.

Llegan para recordarnos que el tiempo pasa, que los campos vuelven a empezar y que, aunque muchas cosas cambien, hay recuerdos que ninguna temporada consigue congelar.